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Op/Ed: Cómo los Antirretrovirales Me Acompañan en la Vida.

La primera vez estaba sentado al borde de mi cama creyendo que no iba poder, que iba entrar en un torbellino medicinal del cual iba depender mi vida viendo como poco a poco iba decaer, que tarde o temprano mi cuerpo iba ser vencido por este invisible enemigo, tal como en mis profundas pesadillas me iba carcomiendo desde adentro, debilitándome, llevándome al temido hoyo negro del cual nunca iba salir otra vez.

Entonces un día, meses después, me descubrí corriendo hacía la cocina porque mi alarma me había recordado tomar este par de píldoras, así sucedieron varias veces similares, los mareos, los sueños vívidos y hasta las pesadillas habían desaparecido. Fue entonces que le deje de tener miedo a la horas, a los medicamentos y empecé a llevarlos conmigo a todos lados en un pequeño estuche de metal que algún día trasportó mentas; ahora iban conmigo mis nuevas e inseparables amigas. Mis antirretrovirales.

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Al dejar de tener miedo pude disfrutar de sentarme en medio de un parque a la hora indicada, hacer un paréntesis en medio del concierto de uno de mis artistas favoritos, una pausa en medio de un festival de música, un instante único frente al mar, una escapada en medio de una velada romántica, el pretexto para siempre comprar algo de beber en el cine.

Las he tomado feliz, riendo, saltando, llorando, preocupado, corriendo, acostado, medio dormido, soñando despierto, escribiendo, simplemente viendo tele, viajando… Contemplando la torre Eiffel, descansando en algún parque de Nápoles o contemplando la inmensidad del Vesubio.

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Foto de wildcatmad via iStock

Han estado conmigo como un fino recordatorio de la disciplina, el amor propio, la madurez de saber que el único responsable de tus actos eres tú mismo; que el amor propio, el amor hacia tu salud, empieza con estos pequeños y aparentemente insignificantes pasos, a dos minutos que te toma tragar un par de pastillas. Un pequeño paso en una gran carrera por delante.

Acompañantes mas que enemigos, protectores antes que verdugos, parte de tu historia, un instinto más como rascarte la cabeza o aquel tic nervioso al enfrentarte a algo nuevo, importante como comer o respirar, pero sencillo, necesario y sobre todo, una muestra del amor propio y de otras personas al recordarte que es “la hora”, te toca ingerir tus pastillas. Una pequeña pausa y la vida continua.